Friday 29 February, 2008...5:39 am
Tiempos de vida
Hace veinte años no sólo no existían los celulares: muchas familias no tenían teléfono y las que lo tenían, compartían una línea única entre todos sus miembros. Esto significaba que, para pedirle prestado un libro a un compañero de colegio, a veces convenía movilizarte hasta su casa, ya que si el dueño del libro tenía entre una y tres hermanas adolescentes, el tono de ocupado podía ametrallarte la oreja durante horas.
En Buenos Aires, encontrar un teléfono público que funcionara era un verdadero milagro y cuando éste se producía, era habitual que ningún comercio en 2.000 m a la redonda dispusiera de las odiosas fichitas que accionaban aquellas piezas de museo. Por eso, cuando te citabas con un amigo en una esquina, participabas de algunos pactos tácitos: si él no te llamaba a tu casa (o a la de tus vecinos, que te recibían los mensajes) antes de que salieras hacia el punto de encuentro, era porque la cita seguía en pie. Y una vez en el lugar, tenías que cumplir con una espera rigurosa de 30 minutos sin saber si efectivamente vendría o no, incertidumbre que en casos especiales —por ejemplo, cuando el amigo en cuestión despertaba intereses más allá de la camaradería— podía extenderse hasta a una hora.
Sin embargo, aunque ya por entonces el tiempo ya era “oro” y también dinero, algunas experiencias, como estar parado 45 minutos en una esquina sin otro objetivo que esperar a alguien, solían tener un valor agregado importante. De pronto, podía pararse a esperar tu lado quien estaba a destinado a convertirse en el amor de tu vida. Podías ver pasar a tu músico o escritor favorito. O decidir tomar clases de yoga en el estudio con ventanales sobre la esquina opuesta a ésa donde llevabas un rato esperando.
Los años pasaron y la revolución tecnológica y la sociedad de la información aceleraron los tiempos, convirtiendo a la velocidad en un valor. Desde nuestro rol individuos hiperactivos y súper conectados, incluso quienes supimos disfrutar de los “tiempos muertos” descriptos más arriba, hoy tendemos a considerarlos hoy una pérdida de tiempo tan inútil como esperar una carta por correo de un amigo que está de vacaciones a 400 km de tu casa.
Pero, a no desesperar, que parece ser que también en tal sentido el cambio es apenas una cuestión de tiempo. La idea de que el aumento constante en la velocidad de las acciones humanas requiere un cambio gana cada día más adeptos en todo el mundo. “Hay que darle permiso a la gente de reconectarse con su tortuga interior”, afirma Carl Honoré, el periodista canadiense cuyo libro, Elogio de la lentitud, puso en tela de juicio a la “enfermedad del tiempo”. Honoré, considerado un referente máximo del movimiento Slow, explica en este video por qué “el virus del apuro contamina y el mundo está dándose cuenta en forma colectiva de que el momento de cambio ha llegado”. Sin duda alguna, un tema para tomar con calma y pensar con tiempo.



Imprimí estos carteles para ayudarte a recordar cómo separar la basura.
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4 Comentarios
February 29th, 2008 at 6:46 am
Me encantó el post Gabi, y los links, muy divertidos!
A mí me copa eso de ir despacio, tengo una arraigada tortuguez interior
March 1st, 2008 at 4:48 am
A mí tambén me copa pero debo recoocer que, a veces, el virus del apuro me contamina, y mal… Lo de Honoré me parece interesante. Del video me sorprendió su marcado acento rioplatense, cuando las fuentes indican que es canadiense… ¿alguien sabe algo al respecto?
March 1st, 2008 at 9:53 am
Muy interesante esta reflexion sobre el Tiempo!
Hay mucha tela para cortar sobre este tema.
Me gustó!
sds,
March 2nd, 2008 at 9:16 am
Aquí va mi granito de arena. Gracias a la Madre Teresa, que en paz descanse.
http://pablosuelto.blogspot.com/2008/03/no-hay-tiempo-para-poder-gozar-el-uno.html
sds,
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