Sunday 17 February, 2008...9:30 pm

Matar y dejar Morir

Lo habíamos identificado dos días antes, su imponente cornamenta se destacaba entre los tímidos y pequeños cuernos de las hembras. Las lideraba con determinación y autoridad rumbeando hacia el oeste en busca de mejores pastos. No era viejo, pero si grande y fuerte. Una de las catorce puntas de sus cuernos estaba quebrada, indicando que había luchado ferozmente con otros machos por defender a sus hembras.
No notaron nuestra presencia ya que nos encontrábamos viento abajo escondidos detrás de una roca y unos potentes binoculares.
Volvimos dos días despues, con caballos y un Mauser de gran calibre, cuya mira era tan precisa que el día anterior, desde 200 metros de distancia, había reunido decenas de disparos de práctica en un área no mayor al diámetro de puño.
Nos acercamos rastreandolos desde el sur. El gaucho (cuyo nombre ya no recuerdo) conocía cada cerro, cada cruce de ríos y paso de montañas y marcaba, en silencio, nuestro tranco serpenteante a través del achaparrado laberinto de bosques de ñires y lengas,
Hacia el medio día divisamos otra manada con un numero similar de hembras, también regenteadas por otro macho grande e imponente. Mientras cargamos nuestras cantimploras con agua en un chorrillo helado y almorzamos unas galletas con queso, evaluamos cambiar de presa, pero desistimos, ya que los cuernos de este ciervo tenían menos puntas y representaban por lo tanto un trofeo menor.
Lo divisamos hacía la noche, marchaba tranquilo liderando la manada hacia Norte. Estaban a unos seiscientos metros adelante a punto de entrar en amplio valle, que irrigado por un chorrillo de deshielo, formaba una gran alfombra de un mallín verde oscuro.
“Va a se un tiro difícil”, adelanto mi guía, “este valle no va permitir que nos acerquemos más.”
Me sugirió que bordeara el cerro de nuestra margen, hacia el norte, y me posicione entre unas piedras que asomaban en la cima, con la esperanza de que el ciervo, al entrar al valle, se acercara más a ese punto. Corrí cerro arriba sorteando pajas bravas y piedras flojas y filosas. Llegué a la cima jadeando y me recosté sobre una pequeña roca. El ciervo, alejado de las hembras, se perfilaba sobre la cima opuesta. Su avance había acercado las distancias. “Cuatrocientos metros” dijo el gaucho mientras se acomodaba a mi lado. “Apúntele al corazón, ya que si queda herido lo perdemos en la noche y puede morir en el bosque”
Es increíble el poder de una mira telescópica, el ciervo estaba tan cerca que casi podía acariciarlo. Al concentrarme en apuntar, el mundo se detuvo: dejaron de moverse los pastos y el viento patagónico enmudeció. Quedamos solo los dos, el ciervo y yo, atrapados en una dimensión forjada en ese instante por nuestros corazones, los cuales estaban por unirse eternamente con la suave presión de mi dedo.
El ciervo intuyó algo y miró en nuestra dirección y con el ultimo latido de su corazón su mirada se clavo en nuestro escondite.
Veinte años después la magnifica cornamenta perdió toda la magnificencia que tuvo en vida. Lavada y desteñida por la lluvia y el sol, ese trofeo que en su momento parecía tan ansiado, hoy pasa sus días anónimo sobre el umbral del garaje.
Cada vez que lo veo una tremenda pena atraviesa, como aquella bala del Mauser, mi corazón para recordarme, una y otra vez, la inutilidad de aquella muerte.

Porqué cuento esto, aquí y ahora?
Esta semana apareció muerto el canario en casa, producto, probablemente, de nuestra ausencia estival y la poca atención resultante, y, de pronto pareciera que mi vida se ha saturado de recuerdos de muertes inútiles. Me vinieron a la memoria, no solo la cacería del ciervo que describo aquí, sino las tantas veces que he dejado morir animales salvajes en un intento domesticarlos. Charitos (ñandúes pichones), perdices, copetonas, palomas, halcones y liebres que morían de tristeza en una caja llena de agujeros o cercados por alambre. Una otra vez pequeños animales eran enterrados en el jardín del campo, y asombrosamente, esta acumulación de sucesos no generaba la necesaria conciencia sobre un hecho tan evidente: El impacto, que yo en este caso en particular, y la humanidad en general, tenemos sobre el entorno, sobre las especies de animales y vegetales que componen nuestro diversos ecosistemas. Está claro que los animales no se acostumbran al cautiverio y que mueren de una terrible pena añorando su libertad, pero es tanto más claro aún, que los humanos nos mantenemos ajenos a nuestro impacto sobre el entorno, y producto de esta actitud, nos limitamos a “dejar morir” aquello que nos rodea. Una acción quizás tanto más terrible que matar.
Pensar, como excusa, que yo solo tenia 10 años, y era muy joven para ser responsable por mis actos, me asusta, ya que trazo un paralelismo directo con la juventud de nuestra especie, su impacto sobre el entorno, y el tiempo necesario para madurar y tomar conciencia de ello.

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1 Comentario

  • Hemingway 2.0! Creo que si hay una diferencia entre nosotros y la NetGen es que nosotros somos de una generación qeu pudo equivocarse y darse cuenta. O sea, tuvimos, como vos mostras, la posibilidad de cambiar, de aprender de nuestros errores. La situación de las nuevas generaciones es bastante distinta. Creo que aceleran su “insight” por una conciencia que impone, por un lado, la urgencia y, por el otro, la posibilidad de un intercambio distinto y más amplio a partir de las nuevas tecnologías. (Todo esto, supeditado, claro a las condiciones sociales, económicas y demás).
    Creo que en el pensamiento de las nuevas generaciones cada vez más se afianzan conceptos y valores que hacen inadmisible, impensado, que una parte de un animal pueda ser el adorno que reciba a la gente que ingresa en una casa.

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